Es revelador el darnos cuenta de que muchos de los rasgos de personalidad que hemos llegado a creer que somos , y que de algunos seguramente nos sentiremos orgullosos, llevan en realidad cicatrices de una desconección que perdimos de nosotros mismos, en un periodo muy temprano de nuestra niñez. Si buscamos el origen de estas cicatrices, en muchos casos los rasgos concretos se puede rastrear hasta determinados tipos de heridas. Por ejemplo, si no recibimos la atención incondicional que todos necesitamos, una forma de protegerse contra esta privación consistirá por conseguir logros que llamen la atención. Por ejemplo, alguien que no se haya sentido valorado o reconocido durante esa etapa de la vida, puede desarrollar un apetito desmesurado por la posición social, status, etc.. Si no nos hacen sentir importantes por lo que somos, podemos buscar significado convirtiéndonos en ayudadores compulsivos — un síndrome que conozco personalmente. Y aquí viene la parte final del acto de desaparición, muchas de esas compensaciones por lo que perdimos se consideran no solo normales, sino incluso admirables, con demasiada frecuencia encierran el yo auténtico, asumiendo su apariencia. Pero igual como la heroína, el subidón temporal de endorfinas que sigue a la valoración, a la aprobación o al éxito, no puede aplacar el dolor del alma, nos vemos obligados a perseverar en la búsqueda de esas fuentes externas de alivio fugaz y a reponerla en cuanto se disipa la emoción.
Qué es el trauma? Para mí, el trauma es la herida interna, una división o fragmentación del YO, por culpa de sucesos difíciles o dolorosos. Un trauma es una lesión que se nos enquista psíquica- y emocionalmente en la mente y el cuerpo, que después de mucho tiempo de lo que la origino, se puede activar en cualquier momento. Emociones sin resolver….
En la mayoría de nosotros puede hacer falta una crisis de algún tipo, para que cuestionemos la validez del concepto desde el que actuamos antes de que podamos pensar que oculta algo más verdadero sobre nosotros. Esta crisis puede tomar la forma de una catástrofe en una relación y llevarla a la destrucción total, es como una adicción que va debilitando nuestro funcionamiento normal, hasta tal punto que es imposible ignorarla. Puede llegar en forma de depresión o de alguna dolencia que nos atrapa mientras avanzábamos por el que creíamos nuestro perfecto camino. A menudo las circunstancias dan la impresión de haberse presentado con éste fin, son señales que nos invitan a una revaluación drástica de quiénes creemos que somos. Sorprendentemente identifique la dinámica emocional para la que mi dolencia constituía una metáfora perfecta.
