Blog de Cinta Castell. Apuntes, descubrimientos, observaciones.
De la autenticidad a la sanación

De la autenticidad a la sanación

«La sanación no tiene más remedio que propagarse cuando somos reales con nosotros mismos y con los demás» (Helen Knott «In my own moccasins»). Algunas enfermedades son las últimas llamadas de partes esenciales de nosotros mismos con las que hemos perdido el contacto. Para que la enfermedad no tenga que ser maestra de la autenticidad, podemos escuchar al cuerpo y prestar atención a las alertas más sutiles que nuestra vida nos envía antes de que se convierta en un clamor.

La personalidad no es la persona; la persona no es su personalidad. El misterio de quiénes somos realmente se encuentra más allá del velo de la personalidad. Aunque parece que somos eso, es más bien una adaptación, un sinfín de rasgos auténticos y formas de afrontamientos condicionados, puesto que la mayoría de ellos no reflejan en absoluto nuestro verdadero Yo, sino más bien su perdida.

«Nuestra cultura nos ha dado gato por liebre al decirnos quienes somos en realidad» ( Dick Ichawartz, terapeuta). El objetivo del trabajo de sanación no es el de despojarnos de la personalidad por completo, sino liberarnos de su programación automática para tener acceso a lo que hay debajo de esta forma, y permitir que nuestros verdaderos puntos fuertes tengan espacio para expandirse y darse a conocer. Aunque nuestro yo auténtico pueda estar cubierto por muchas capas de autoconfianza limitante y de comportamiento condicionado, nunca se borra; continúa hablándonos a través del cuerpo. El cuerpo nos envía mensajes, solo tenemos que prestarle atención y aprender su lenguaje. Aquí empezamos por los efectos físicos encomendándoles la tarea de revelar las carencias de autenticidad. 

En mi propia experiencia, el malestar hizo acto de presencia con problemas digestivos, en un primer lugar y, al no ser escuchado y silenciado con medicamentos, con el tiempo se convirtió en un fuerte dolor de cadera el cual me impedía caminar con normalidad; había dado paso al segundo nivel.

En la esfera emocional, esta indagación arroja respuestas como: la desvalorización, la incapacidad de seguir adelante y ser yo misma. Ahora las veo como pistas, mensajes que me estaban diciendo : “despierta!!, despierta!! no te estas ayudando acumulando tanta impotencia y frustración en tu interior”. El reconocerlas es un darse cuenta al desviar nuestra atención de la identidad condicionada a lo que necesitamos realmente. Esto bien podría evitar que el cuerpo tuviera que gritarnos con más fuerza o emprender una cometida más agresiva. La finalidad de mirar al pasado no es detenerse en él, sino soltarlo. «En el momento en que sabes cómo cobró forma tu sufrimiento, ya estás en el camino de liberarte de él» (Siddhartha Gautama BUDA). Lo que tenemos dentro debe salir, de lo contrario, es posible que estallemos donde no procede o que la frustración nos atrape irremediablemente.

Aunque el pasado esté encerrado bajo siete llaves, no es verdad que no lo recordemos; nuestros recuerdos surgen a diario en nuestras relaciones con los demás o con nosotros mismos; si sabemos reconocerlas cada vez que algo nos acciona el gatillo, eso es cuando de repente nos vemos atrapados por una reacción emocional indeseada y exagerada, se trata del pasado que aparece, es como un eco de nuestra infancia, tal como la experimentamos, aunque conscientemente no la recordemos. Son recuerdos codificados que utilizan las emociones del presente y las experiencias corporales para encontrar sus orígenes (la palabra gatillo es en sí misma una pista importante) y no puedo terminar sin nombrar a uno de mis favoritos, Carl Gustav Jung, que dice así: «hasta que no te hagas consciente de lo que llevas en tu inconsciente, éste último dirigirá tú vida y tú le llamaras destino”.

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